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El adjetivo y sus arrugas
Alejo Carpentier
Los adjetivos son las arrugas del estilo. Cuando se inscriben en la poesía, en la prosa, de modo natural, sin acudir al llamado de una costumbre, regresan a su universal depósito sin haber dejado mayores huellas en una página. Pero cuando se les hace volver a menudo, cuando se les confiere una importancia particular, cuando se les otorga dignidades y categorías, se hacen arrugas, arrugas que se ahondan cada vez más, hasta hacerse surcos anunciadores de decrepitud, para el estilo que los carga. Porque las ideas nunca envejecen, cuando son ideas verdaderas. Tampoco los sustantivos. Cuando el Dios del Génesis luego de poner luminarias en la haz del abismo, procede a la división de las aguas, este acto de dividir las aguas se hace imagen grandiosa mediante palabras concretas, que conservan todo su potencial poético desde que fueran pronunciadas por vez primera. Cuando Jeremías dice que ni puede el etíope mudar de piel, ni perder sus manchas el leopardo, acuña una de esas expresiones poético-proverbiales destinadas a viajar a través del tiempo, conservando la elocuencia de una idea concreta, servida por palabras concretas. Así el refrán, frase que expone una esencia de sabiduría popular de experiencia colectiva, elimina casi siempre el adjetivo de sus cláusulas: "Dime con quién andas...", " Tanto va el cántaro a la fuente...", " El muerto al hoyo...", etc. Y es que, por instinto, quienes elaboran una materia verbal destinada a perdurar, desconfían del adjetivo, porque cada época tiene sus adjetivos perecederos, como tiene sus modas, sus faldas largas o cortas, sus chistes o leontinas.
.......El romanticismo, cuyos poetas amaban la desesperación -sincera o fingida- tuvo un riquísimo arsenal de adjetivos sugerentes, de cuanto fuera lúgubre, melancólico, sollozante, tormentoso, ululante, desolado, sombrío, medieval, crepuscular y funerario. Los simbolistas reunieron adjetivos evanescentes, grisáceos, aneblados, difusos, remotos, opalescentes, en tanto que los modernistas latinoamericanos los tuvieron helénicos, marmóreos, versallescos, ebúrneos, panidas, faunescos, samaritanos, pausados en sus giros, sollozantes en sus violonchelos, áureos en sus albas: de color absintio cuando de nepentes se trataba, mientras leve y aleve se mostraba el ala del leve abanico. Al principio de este siglo, cuando el ocultismo se puso de moda en París, Sar Paladán llenaba sus novelas de adjetivos que sugirieran lo mágico, lo caldeo, lo estelar y astral. Anatole France, en sus vidas de santos, usaba muy hábilmente la adjetivación de Jacobo de la Vorágine para darse "un tono de época". Los surrealistas fueron geniales en hallar y remozar cuanto adjetivo pudiera prestarse a especulaciones poéticas sobre lo fantasmal, alucinante, misterioso, delirante, fortuito, convulsivo y onírico. En cuanto a los existencialistas de segunda mano, prefieren los purulentos e irritantes.
.......Así, los adjetivos se transforman, al cabo de muy poco tiempo, en el academismo de una tendencia literaria, de una generación. Tras de los inventores reales de una expresión, aparecen los que sólo captaron de ella las técnicas de matizar, colorear y sugerir: la tintorería del oficio. Y cuando hoy decimos que el estilo de tal autor de ayer nos resulta insoportable, no nos referimos al fondo, sino a los oropeles, lutos, amaneramientos y orfebrerías, de la adjetivación.
.......Y la verdad es que todos los grandes estilos se caracterizan por una suma parquedad en el uso del adjetivo. Y cuando se valen de él, usan los adjetivos más concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ánimo, tan preferidos por quienes redactaron la Biblia, como por quien escribió el Quijote.
© Alejo Carpentier 
Publicado en INéDITO el 2 de mayo de 2009
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Pensándolo bien...
Lobo Antunes
Pensándolo bien, no soy un escritor, porque lo que hago no es escribir, es oír más intensamente. Me siento y espero hasta que las voces comiencen. Andan a mi alrededor, más fuertes, más tenues, más distantes, más próximas, hablando sin sonido y no obstante diciendo, diciendo.
.......El problema es elegir cuál de ellas es la verdadera, porque todas las demás mienten. A veces lleva semanas, lleva meses entenderla. Casi nunca se trata de la más nítida. Casi nunca, no: nunca se trata de la más nítida, ni de la más seductora, ni de la más inteligente. En general se apaga, recomienza, vuelve a apagarse, se distrae de mí y yo de ella, intento encontrarla entre las restantes, no lo consigo, lo consigo, no lo consigo, recomienzo, la descubro a lo lejos, creo descubrir.
.......—Es ésta; me desilusiono.
.......—No es ésta pues lo que cuenta no tiene sentido y no obstante existe algo en el sinsentido que me persigue, la atraigo hacia mí o me empujo hacia ella, no la atraigo hacia mí, me empujo hacia ella, comienzo a probarla despacito, una palabra dispersa, una segunda palabra al azar, una frase entera, las voces que quedan se empeñan en desviarme.
.......—¿Qué interés hay en eso?
.......—¿A qué te lleva ese discurso?
.......—Estás equivocado, me entregan personajes, episodios, historias y yo no quiero saber nada de personajes, episodios, historias, eso es para quien hace novelas y yo me cago en las novelas, quiero un hilo que me conduzca al centro de la vida y traer a la superficie todo lo que existe ahí dentro, quiero el corazón del mundo, no quiero entretener a los que las compran, no quiero divertirlos, no quiero divertirme, quiero lo que reside en el interior de lo interior, donde están las personas y nosotros con ellas, transformar en letras lo que no tiene letra alguna, quiero seguir un pasito leve en un corredor que no sé dónde queda, no exactamente un pasito, el eco de un pasito que ha de volverse pasito si continúo con él, que ha de ganar carne y ojos y llevarme consigo, quiero respirar con él, quiero que nos quedemos juntos, quiero que el pasito sea mi pasito y el corredor mi corredor, que la carne y los ojos se conviertan en mi carne y en mis ojos, quiero ese libro que aún no ha comenzado, pero que a fuerza de obstinación y orgullo y paciencia se volverá mío, sin escribirlos, claro, ya no caigo en esa trampa, dejándolo salir como el agua que se derrama y encuentra su curso en las junturas de las tablas del suelo y no es mi libro, dado que no me pertenece ningún libro con mi nombre, los libros deberían llevar el nombre del lector, no del autor, en la cubierta, es el lector quien le da sentido a medida que lee, es al lector a quien le pertenece la voz, y no sólo la voz, la carne y los ojos y el corredor y el paso, y el lector está solo y es inmenso, el lector contiene en sí el mundo entero desde el principio del mundo, y su pasado y su presente y su futuro, y se escucha a sí mismo y siente el peso de cada víscera, de cada célula, de cada íntimo rumor, el lector no para de crecer y ya no necesita ni el libro ni a mí, y al acabar el libro comienza, y al guardar el libro en el estante el libro continúa y el lector continúa con él, cada célula se divide en millares de células y el lector es muchos, y el lector deja de leer porque no está leyendo, aunque piense que está leyendo no está leyendo nada en absoluto, tiene todas las edades al mismo tiempo y todos los tiempos de su vida aunque el libro esté cerrado en algún rincón de la casa y el lector no lo necesite para continuar con él y ahora me vienen a la cabeza las semillitas sin peso que en el verano de cuando éramos pequeños entraban volando por la ventana, volvían a salir, desaparecían y, aun desaparecidas, seguían con nosotros llevando de la mano recuerdos y esperanzas y alguien que cantaba (¿qué mujer?) junto al lavadero una melodía (a veces ni una melodía siquiera: dos o tres notas solamente) que son las únicas que oiremos cuando caiga la noche y las sombras que nos rodean.
.......Piensen (más que pensar: tengan la certidumbre, ellas y el médico y el señor de los ataúdes) de que no oímos nada.
© Antonio Lobo Antunes
Publicado en INéDITO el 5 de septiembre de 2009
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El miedo, enemigo del artista
Manuel López Rey
El miedo es siempre el protagonista absoluto del fracaso. Pero, ¿cómo vencerlo? Cómo hacerlo si forma parte intrínseca de nuestra naturaleza. El bebé ya lo conoce. Teme a lo que ocurre mientras duerme. Desconoce qué pasa mientras él no está. Se llama angustia vital. Y viene con nosotros, bien agarrada, como una lapa, a las telas del cerebro. Desde ahí nos cuenta, nos manipula, nos impide. Hay que acabar con el miedo. El niño lo consigue identificándolo. Con el hombre del saco; con el coco; con la bruja o con el ogro. De ahí que los mejores cuentos infantiles, las obras maestras de los clásicos del cuento, siempre incluyan un personaje que encarna el mal. Y es precisamente por eso por lo que se siguen contando, por lo que siguen asombrando al niño, porque le proporcionan la oportunidad de identificar el miedo. Porque a partir de entonces ya no existe como una sombra que todo lo cubre: ahora el mal tiene nombre, ocupa un lugar, tiene un sitio; ahora se puede estar alegre, dejar de sentir miedo: el coco no convive con nosotros. Está en su sitio y podemos vivir tranquilos. Eso sí, hay que permanecer alerta, hay que actuar con cautela, no vaya a enfurecerse y abandonar su escondite para atacar, para apoderarse de nuestro ánimo. Al adulto no le sirven los mismos lugares, los mismos escondites del mal. Y ha de crear otros, inventarlos. De ahí que todo grupo se fortalece ante el enemigo común. Lo saben los líderes, los poderosos. Todo poder se asienta en una determinada identificación del miedo. ¡A por él! Y estallan las guerras. ¡A por él!, y es verdad el holocausto. ¡A por él!, y mueren de hambre millones de seres humanos. Por la única razón de que encarnan el mal, el enemigo, todo lo que puede poner en peligro nuestra más o menos difícil convivencia, nuestro subsistir, nuetra razón de ser como grupo, incluso nuestro acomodo en la desgracia individual.
Pero el artista ha de saber antes que cualquier otra cosa, que el miedo es su gran enemigo. El arte es liberación, o no es. El arte es desprendimiento, desaprendizaje; es combate, transgresión. Es la única puerta posible tras la que nunca se esconde el coco; tras la que el miedo no precisa escondite porque no existe.
Crear. Vivir. Estar sin miedo.
© Manuel López Rey 
Publicado en INéDITO el 11 de septiembre de 2009
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El cuento como género literario (I)
Manuel López Rey
En otras ocasiones he escrito apuntes que refieren mi forma de escribir cuentos. Acerca de cómo escribo o una poética del cuento, y también Génesis de Mal momento, textos publicados en esta misma web, son algunos de esos apuntes. Ahora trataré de hacerlo con un enfoque más completo, acercándome al cuento como género literario desde diferentes ámbitos, o si se prefiere, tratando de analizar diferentes aspectos de este género tan controvertido y desde el que se han aportado a la literatura auténticas obras maestras. Y, por supuesto, no pretendo con ello descubrir nada nuevo; acaso, como mucho, clarificar algunas de las teorías expuestas por escritores o críticos y generalmente aceptadas; expresar mi particular forma de entenderlas y, en definitiva, entregar mi opinión personal que, es lógico, está ligada a mi forma de escribir.
.......(Este trabajo lo haré por partes o capítulos que irán apareciendo numerados en esta publicación).
Para Julio Cortázar en todo cuento hay una historia secreta. Esta teoría, que probablemente comparten todos los escritores, para mí es, en cierto modo, una obviedad. Trataré de explicar mi osadía. Si hablamos de un género literario hemos de dar por hecho que el receptor de nuestro mensaje conoce lo que significa Literatura; si además suponemos que se va a detener a leer lo que al respecto exponemos en un texto, hemos de dar por hecho también que le interesa la teoría literaria. Y si es así, el receptor, aquí el lector del análisis, ya sabe que un texto no alcanza categoría de literatura si no es capaz de transmitir algo más que la propia significación del lenguaje en la lengua que está escrito. De lo contrario, redactar correctamente una noticia en un diario sería literatura (otra cosa es el artículo o la crónica periodística). Expresarse con concisión y claridad a la hora de retransmitir por radio o televisión el parte meteorológico, también. Para algunos lingüistas ambos ejemplos pueden efectivamente ser catalogados como literatura en casos excepcionales. Honestamente creo que esto es así porque, desgraciadamente, la utilización actual del lenguaje en los medios de comunicación sufre de forma habitual de varios males (ignorancia, inexperiencia, zafiedad, populismo, y todo lo que conlleva el arribismo creciente en todos los oficios), de tal forma que cuando aparece la excepción, que las hay, es fácil caer en tal afirmación. Pero si convenimos en que únicamente hablamos de literatura cuando el significante aparece dotado de una nueva significación, diferente a la habitual o enriquecida, cuando alcanza a transmitir más de lo originariamente significado, entonces ya estamos hablando de lo que Cortázar (y otros autores) llama historia secreta del cuento; de ahí que yo mantenga que este descubrimiento es una obviedad. Y que lo sea ya expresa mi acuerdo respecto a su existencia. Efectivamente, todo buen cuento incluye una historia secreta, a la que yo prefiero llamar el cuento oculto.
Esta preferencia mía clarifica por si misma lo que entiendo por cuento oculto.
....... En primer lugar, este solo puede serlo si coexiste junto al cuento explícito (del que hablar como característica del género sería otra obviedad). Y es oculto porque aparece escondido, pero el lector ha de poder encontrarlo; de ser secreto, este jamás podría descubrirlo porque inmediatamente dejaría de serlo.
...... El cuento oculto permanece intrínseco en el cuerpo del relato. Forma parte inseparable del mismo, y es en el que, normalmente, reposa la enjundia del cuento: su peso literario. Y he dicho normalmente porque no considero que siempre sea así. De hecho, un rasgo de estilo es precisamente la elección por parte del autor a la hora de colocarlo en una determinada posición, en una determinada capa del lenguaje.
Por otra parte, y como siempre es el lector el que concluye lo que de creación tenga la obra, no siempre resulta imprescindible que este comprenda e incluso que advierta su existencia. El cuento oculto está ahí, o debe estarlo, para, como decía al principio, aportar al texto categoría de literario. Y esto no solo concierne al cuento como género, sino a la narrativa en general. Bien es verdad que por su extensión (a la que considero la única característica definitoria del cuento), es en este género narrativo donde quizá alcance mayor relevancia y por tanto se haya hablado tanto, y se hable, de su existencia.
.......(Curiosamente nadie habla del poema secreto, escondido u oculto del poema, cuando precisamente es en la poesía donde en la parte no explícita del verso reposa su calidad. Aquí, y lo creo correcto, se habla de conceptos, y al definirlos, de poética).
.......Por lo tanto tampoco participo de la opinión que sostiene que es la historia secreta la que convierte un cuento en universal, en recordado por muchos y para siempre. Estoy absolutamente convencido de que son millones los lectores que recuerdan, y que de querer hacerlo podrían de nuevo contarlo casi con total exactitud, Caperucita roja, y también lo estoy de que son millones los que desconocen o para los que ha pasado inadvertido el cuento oculto de esta joya literaria del XVII (Charles Parrault 1628-1703). Incluso me atrevo a afirmar que muchas serían las madres que, conocedoras del cuento oculto en Caperucita, se decidieran por dejar de contárselo a sus retoños.
No se está negando aquí la existencia y la importancia de la historia oculta tras la historia que se nos narra en el cuento. Parece por tanto una contradicción lo expuesto. Y es aquí donde quería llegar. Con esta aparente contradicción considero que, en un principio, se destroza una teoría que por aceptada se ha convertido en regla, y, paradójicamente, la propia contradicción puede resultar clarificadora; en segundo lugar, al aceptar su existencia, ya se le otorga valor de categoría. Categoría que posee lo literario, como les pertenece a lo pictórico, lo cinematográfico o lo arquitectónico las correspondientes.
(Asunto que trataré de abordar en otro capítulo).
© Manuel López Rey 
Publicado en INéDITO el 23 de septiembre de 2009
Memoria e imaginación o la fuerza de la escritura
Manuel López Rey
© Manuel Damián........................................................................................................
Recientemente recibo un correo de Manuel Damián donde adjunta una fotografía del cuadro que pintó hace años y en el que aparecen retratados Lino González Castillo y su mujer, cuadro que inspiró el cuento Malas noticias (Mal momento, Mil Libros Narrativa, 2009) y sobre el que hablo en el apartado acerca de Mal momento de esta misma web. En la cabecera de esa entrada publico una fotografía realizada por Daniel Font de la Sierra de Segura, escenario del cuento.
.......En ese artículo relato cómo nace un cuento a partir de la visualización de un cuadro; de la impresión que en mí provocó, lo que a su vez me llevó a plantearle al pintor varias cuestiones acerca de los personajes retratados. Supe así que se trataba de Lino y su mujer; que Lino había perdido la visión de un ojo, quedándole blanquecino y muerto; que hablábamos de un hombre un tanto especial, muy popular en la zona, que conocía a la perfección la Sierra de Segura y que el pintor del cuadro, también geólogo, se hacía acompañar de él en sus exploraciones por la Sierra.
Después de esa tarde comenzó a gestarse el cuento Malas noticias, que nada tiene de la historia real de la vida de Lino, el personaje del cuadro, que por otra parte desconozco y sobre la que, para que no influyera en mi relato, nada pregunté.
No voy aquí a destripar Malas noticias, pero sí diré que salió un cuento amargo, oscuro, que creé un personaje atormentado por la imposibilidad de enfrentarse a los cambios, al que la vida le otorga escasas ilusiones y sí muchas malas noticias; golpes desgraciados que lo van destruyendo poco a poco por dentro y por fuera: “hasta dejarlos ciegos para siempre”, unos ojos en los que mucho tiempo atrás su mujer ya descubrió “un reflejo extraño, enfermizo, de venganza”.
El caso es que desde que escribí el cuento (2001), el cuadro al que se hace referencia aparecía oscuro en mi memoria, con un fondo en penumbra, casi inexistente, y en primer plano dos caras tan ausentes que los personajes parecían estar muertos.
Ahora, como decía al principio, me he enfrentado de nuevo a la imagen del cuadro y descubro, para mi asombro, que nada tiene de la oscuridad que mi memoria le otorgó durante todos estos años, nada de tétrico. En él ya aparecen la vivacidad y el color que identifica la pintura de Manuel Damián. Descubro, además, que de no haberse molestado el pintor en buscarlo, fotografiarlo y enviármelo, mi memoria continuaría para siempre recordándolo de la otra forma. Y esta apreciación es la que me ha llevado a reflexionar acerca de memoria e imaginación.
.........Ya se sabe, mucho se ha escrito al respecto, que los conceptos referidos a la mente tienen poco definidas sus fronteras; que, y aunque ya se reconocen diferentes áreas del cerebro y sus funciones, estas se mantienen permanentemente interrelacionadas a través de miles, puede que millones de caminos que nadie sabe con exactitud a dónde llevan, cómo se crean o qué transportan exactamente, hasta el punto que el cerebro es para los investigadores el órgano que mejor guardados mantiene sus secretos. (Puede que en ello esté la clave del nacimiento de la Filosofía).
........A la sazón, y aunque cualquiera puede encontrar en un diccionario médico correctamente definidas memoria e imaginación, y que, precisamente por estar definidas se excluyen y diferencian, la realidad nos puede sorprender con hechos, como el caso relatado, que demuestran que tales definiciones no son tan excluyentes y que, por el contrario, imaginación y memoria se alimentan recíprocamente hasta el punto que, en unas ocasiones la una, en otras la otra, se roban información, provocando traslados de los que el individuo no es informado.
........Por supuesto ya se sabe que la imaginación bebe en la memoria; que el conocimiento es una amalgama de elementos de muy diversa procedencia almacenados en estancos diferenciados y, por lo que hasta ahora se conoce, todo esto de una forma aparentemente aleatoria. Pero esta es una página fundamentalmente literaria, y como ya se indica en su título, este artículo quiere hablar de la fuerza de la escritura (como siempre sin intención de descubrimiento), como una acción que abreva, podría asegurarse que a partes iguales, en la memoria y en la imaginación, y que además, si el autor se pone a ella con lo que de intenso supone la sinceridad, puede que estas, memoria e imaginación, queden confundidas para siempre.
.......Esta es otra de las grandezas de las que goza la literatura.
© Manuel López Rey 
Publicado en INéDITO el 27 de septiembre de 2009
El cuento como genero literario (II)
Manuel López Rey
En toda historia que se relata por escrito, aunque no sea un cuento, aparecen en su estructura tres partes diferenciadas: presentación, nudo y desenlace. Estos conceptos, que están muy claros en el teatro clásico, y que siguen estándolo en la mayoría de las obras dramáticas contemporáneas, en la crónica periodística o en el guión cinematográfico, no siempre son tan evidentes; en el ensayo, por ejemplo, llegan a diluirse hasta el punto de casi desaparecer, pero en realidad siguen ahí. Para aceptar esta propuesta teórica, es necesario primero ampliar conceptualmente la definición de los tres elementos.
.......Todo el mundo al que le interesa la literatura sabe de lo que estamos hablando al hacerlo de presentación, nudo y desenlace, pero ocurre que muchas veces las definiciones, en el afán de ser claras y exactas, recortan en exceso el significado, llegando incluso a empobrecerlo, o si se prefiere, a perfilar teóricamente de tal manera que, de no estar bien entendidos y aprehendidos por el autor, pasan de ser elementos estructurales a convertirse en corsé que estrangula y castra la capacidad creativa, innovadora o experimental del autor de la obra narrativa.
.......Y esto ocurre con cualquiera de las técnicas que el artista, ya sea escritor, pintor, arquitecto o cineasta, ha de conocer y utilizar en la materialización de la obra. La técnica está íntimamente ligada a las características y propiedades del elemento con el que se trabaja. Así, sin luz no hay cine y sin pigmento no hay pintura. Pero la técnica, entendida como el conocimiento imprescindible para la realización de la idea artística, debe haber sido previamente interiorizada por el artista hasta dar la impresión de que ha desaparecido. En la mano del pintor, la técnica es ya algo parecido a un tic involuntario. Tras la cámara, el director de cine sólo ve, y es en su mirada donde han debido diluirse previamente los parámetros de la técnica cinematográfica. De lo contrario, el resultado llegará a ser, en el mejor de los casos, un buen ejercicio, pero difícilmente alcanzará la categoría de creación artística.
.......Antes, no solo del invento, sino de la generalización del uso de la escritura, el hombre contaba historias que había oído contar a otros y que, por escucharlas a veces en más de una ocasión, las recordaba; también contaba las que le ocurrían a él mismo. Y ya sabía entonces que para hacerse entender, la manera de contar la historia habría de participar, de forma irremediable, de ciertos elementos. Ya estaban por tanto, en lo que más tarde se llamaría tradición oral, la presentación, el nudo y el desenlace. Ya había nacido el arte de narrar. Pero, ¿está por esto aquel narrador realizando una creación artística? ¿Estamos ya entonces ante una obra literaria?
.......Hubo un día remoto en el que el hombre toma del entorno pigmentos y con ellos realiza trazos sobre una superficie; representa animales, plantas, deidades, o a su prójimo o a si mismo; llega incluso a la representación de escenas más o menos complejas de acontecimientos de su vida: escenas de caza, bélicas, de rituales de vida o de muerte. Y ahí están, sobradamente reconocidas como valiosas reliquias que nos han enseñado a comprender la historia y al hombre. Su naturaleza. Pero, ¿está por esto el autor de los trazos pintados en las paredes de la cueva o en la arena del camino realizando una creación artística? ¿Estamos ya entonces ante una obra de la pintura como arte?
......En ambos ejemplos y para las preguntas que suscitan, la respuesta es la misma. Hasta aquí es fácil que estemos de acuerdo. El problema aparece cuando tenemos que decidir por el sí o el no como respuesta.
.......Considero que solo es válida aquella que resulte del conocimiento absoluto acerca de la voluntad del hombre en el momento exacto en el que se dispone a contar una historia o a representar con colores sobre la roca.
La respuesta por tanto, y con ella el dato del nacimiento de la narrativa y la pintura como artes, como acciones creadoras del hombre, depende de manera irrefutable de la actitud, de la voluntad, en definitiva, de la intención: sin ella no hay creación. Sin voluntad creadora no hay obra de arte; sin actitud creativa, sin intención, estamos, si acaso, ante el nacimiento de un nuevo oficio, o si se prefiere, ante el momento en el que una actividad humana da como resultado el surgir de una artesanía.
.......Como desconozco lo que ocupaba la mente del narrador de historias y la del pintor de rocas, sería muy sencillo concluir que estas preguntas no tienen una respuesta certera o excluyente. Y es de esta aparente simplificación de donde surge la respuesta: sí y no. Sin exclusión.
.......Pero ahí están la paleontología, la arqueología, la historia, la sociología y la psicología como ciencias que se ocupan del hombre y de sus actividades y acciones. Desde estas ciencias, aplicadas a la historia y teoría del arte, se ha llegado a conclusiones diversas y hasta enfrentadas. La que impera durante un largo periodo de la historia, se ve de repente destituida por otra nueva fundamentada en nuevos estudios o descubrimientos. Pero resulta difícil aceptar que estos estudios puedan llegar a precisar el momento en el que en la mente del hombre aparece por primera vez la voluntad creadora, la intención artística. Probablemente fuera en momentos diferentes de la historia, dependiendo del grupo humano al que atendamos; grupos que ya sabemos que, aun coetáneos, se encontraban en diferentes escalas de evolución.
.......Por lo que sí y no es, mientras tanto, la respuesta más exacta posible. Y no supone contradicción alguna.
.......Y no la supone porque si atendemos al arte actual y nos repetimos la pregunta, su respuesta termina por ser la misma. Lo que viene a decirnos que creación artística e intención permanecen inseparables. Y considero que es a esto a lo que se refirió Duchamp cuando, al elevar cualquier objeto a la categoría de obra de arte, estaba afirmando que podemos considerar como tal todo lo que resulta o es tocado por la mano del artista. Con sus ready made, Duchamp inventa el concepto moderno de arte, aunque seguiría manteniendo que todo esfuerzo encaminado a definir con exactitud la obra de arte es una quimera.
.....Aun así, Duchamp, formuló su teoría concienzudamente, y expone con claridad la importancia de la elección como componente que valida por sí mismo la acción creadora y por tanto concede a lo elegido por el artista categoría de creación. Desde entonces, el objeto elegido por el artista para ser separado de su ambiente y utilidad habituales se convierte en obra de arte, y esto ocurre porque el objeto se ve despojado de todo aquello que configuraba su esencia, basada en su función, para tomar una nueva, para reclamar otra mirada.
.......Por todo esto me conforma la respuesta, aun sabiendo que nos movemos en un terreno donde estas son escasas y dudables, en la que mantengo que es la intención (elección) la que confiere a la obra la cualidad de creación artística.
.......Sólo desde aquí me interesa hablar de la teoría literaria, de los elementos que configuran la narración, y es desde este ámbito que seguiré con la presentación, nudo y desenlace como elementos de la escritura narrativa. Pero eso será otro capítulo.
© Manuel López Rey 
Publicado en INéDITO el 9 de octubre de 2009
El cuento como genero literario (III)
Manuel López Rey
Hablar a estas alturas de géneros literarios, como es sabido por todos, es algo así como utilizar el número de referencia de un producto para archivarlo adecuadamente. Y nada más.
.......Estamos de acuerdo que resulta imprescindible definir, acotar, nombrar conceptos y fijarlos en un acuerdo universal. Sólo así se puede acometer el estudio de la materia correspondiente. Es de esta forma como se aúnan criterios y se suman resultados; se avanza en el conocimiento, aun cuando se contradigan teorías. Por lo que no quisiera aquí parecer que comparto la que mantiene que los géneros en Literatura no existen o no son producentes. Creo que sí tiene valor la teoría de los géneros, aunque estemos de acuerdo en que desde finales del XIX, en la segunda mitad del XX, y de manera más rotunda en el XXI, se haya producido una fusión entre ellos que empaña o desfigura los límites de la definición hasta el punto de que ésta parece haber desaparecido, o por lo menos, haber perdido rotundidad. Efectivamente, la producción literaria actual camina con comodidad ámbitos híbridos, donde características clásicas de un género se trasladan con facilidad a otro hasta pervertirlo por completo; de este traslado se enriquecen ambos, agrandándose la capacidad expresiva de la escritura.
.......No voy a detenerme en la Historia novelada o en la novela histórica (que no son lo mismo), ni en la novela ensayo ni en asuntos del metalenguaje o de lo narrativo en la poesía. Todos conocemos su auge.
.......Quisiera adentrarme en un género concreto, el cuento literario, para observar cómo ha vivido este proceso, cómo ha bebido en, y han bebido de él, otros géneros.
.......Como ya he manifestado en otras ocasiones, para mí, la única definición de cuento como género literario es la que hace referencia a su extensión, y creo que definirlo como todo texto literario que puede y debe leerse de una tacada, sin interrupción, es reconocerlo en su más exigente actualidad. De tal forma que, y por qué no, un cuento puede estar escrito en verso, ser un poema; puede contar con tantos personajes como se quiera o se pueda; puede tocar los asuntos que su autor estime oportunos e incluso elegir la cantidad de asuntos que ha de atender. El texto así, surge de una escritura libre, y su calidad como obra literaria de género dependerá exclusivamente del talento de su autor. Nunca de otras apreciaciones o parámetros.
.......Una parte del guión cinematográfico, la correspondiente a una escena del film por ejemplo, pudiera ser un cuento; como lo pudiera ser una escena del texto teatral o una columna periodística o la crónica de una noticia. Y decimos pudiera ser, porque sabemos que no lo son necesariamente. De nuevo dependerá de la intención del escritor. El periodista sabe cuándo escribe una columna como un cuento; como probablemente lo sepa el guionista, el autor teatral o el cronista. Al saberlo, aparece la intención, y ésta guiará con más o menos acierto la mano y la mente del escritor. En esa intención de escribir un cuento, está el cuento mismo. No hay, no ha de haberlas, regla y norma alguna. Pero eso sí, solo escribirá un buen cuento aquel que sea un buen cuentista. Aparecerá entonces su intención cargada con la sabiduría, el conocimiento, hasta si se quiere, con la técnica que del cuento tenga el autor. Mejor sería descargarla de todo, ir al encuentro de la intención vacía, la mirada inocente, sólo con el convencimiento de que en la pregunta va implícita la respuesta. De ahí que la técnica, si bien surge de lo escrito, no ha de ser coetánea del instante de escribir. Este ha de estar pleno de libertad creadora, hasta, si se logra, separado de la conciencia (solo por esto existen las musas). El cuentista, el buen cuentista, sabe desde el primer momento dónde está el cuento; luego o a su vez, desde dónde y cómo ha de contarlo. Sabe reconocer el instante en el que ha encontrado la voz y debe atraparlo inmediatamente; si lo consigue, tiene el cuento. Pero para que esto sea una realidad, una obra literaria, el instante ha de quedar atrapado en la escritura. (Creo que es de esto de lo que hablan los autores cuando afirman que, aun creyendo en la existencia de las musas, en el momento de inspiración, este ha de sorprenderlos trabajando, escribiendo. Y si es así, estoy de acuerdo.)
.......Nacería así una teoría de los procedimientos según la cual un cuento se consigue escribiendo con intención un texto literario que dada su extensión se pueda leer sin interrupción. Y nada más.
.......A todo esto, a lo que ya llegó hace mucho tiempo la Crítica y la Teoría literarias, lo está cubriendo un velo de ignorancia y papanatismo que lo hace aparecer de nuevo oscuro y equívoco en multitud de artículos. Y es que últimamente, junto a la proliferación de talleres de escritura, de suplementos culturales repletos de reseñas poco menos que pactadas; del comienzo de programas televisados o radiofónicos dedicados a la lectura, y que parecieran realizados de acuerdo a un canon editorial; y de la proliferación de escritores, está imperando la confusión entre términos y conceptos, de origen y pretensión exclusivamente pedagógicas, con lo que es el verdadero conocimiento que de la literatura tiene el hombre. (El precio de la divulgación, cuando esta se entiende como componenda vulgarizada del auténtico conocimiento, que lo empaña todo de una gelatina cómoda y facilona.)
.......Hay mucho que interiorizar para llegar a lo literario, lo pictórico o lo cinematográfico de no traerlo el genio, y quien no los haya alcanzado que no escriba, no pinte o no haga cine. (Lo que no supone que no vaya a obtener incluso un éxito grande si lo hace. Pero aquí hablamos de otra cosa.)
Y es tan íntima la convicción que el artista tiene del concepto creador, que se habla de olfato para escribir, para pintar o para cinematografiar, nombrando la capacidad en la que se ha volcado el conocimiento hasta tal punto que la idea deja de ser conceptual para pasar a ser emotiva, intuitiva, instintiva… Así ha de ser la acción creadora; y quien no posea el sentido artístico ágil y bien educado solo excepcionalmente podrá realizarla.
© Manuel López Rey 
Publicado en INéDITO el 23 de octubre de 2009
El lector idóneo
........................Manuel López rey
Es sabido que la lectura es aliada imprescindible del escritor. Probablemente la mejor de sus escuelas. Se descubre con facilidad a los escritores que no leen o no han leído lo suficiente (si es que alguna medida lo fuera). Leyendo se aprende a escribir. También, y de eso trata este artículo, se aprende a leer. Y leer bien es del todo necesario para escribir bien. Esto es así porque en la acción escritora está implícita la otra: escribir supone, en lo más inmediato, leer. Para el cerebro es imposible la disociación de estas dos acciones. Aunque no lo parezca, siempre se lee en voz alta, y es también así como se escribe. No hay otro modo. De esta manera el escritor percibe, en primer lugar, la música del texto; e inmediatamente o a la vez, es la acción lectora la que desentraña las diferentes capas que lo conforman para ahondar en el significado. No hay otra forma de saber qué se dice en lo escrito. No hay otro modo de alcanzar lo literario. Aun el hombre privado del sentido del oído, si hace música, la escucha su cerebro.
Quien no sabe leer, difícilmente podrá escribir. (Por supuesto, no nos estamos refiriendo a la escritura como el acto de representar fonemas a través del dibujo de signos perceptibles para la semántica; como no estamos hablando de lectura como el simple acto de reconocer significantes y entender significados. Hablamos, como siempre aquí, de literatura). Y esto es así, además de por razones dependientes de la estructura y funcionamiento propios del cerebro humano, porque el lector idóneo para el que escribe todo autor es siempre, y en primera instancia, el escritor mismo.
Esto, que se entiende fácilmente cuando está referido al trabajo de corrección, pocas veces se advierte en el acto de escribir. Y es precisamente este el momento en el que se dan a la vez, en el que se aúnan ambas acciones intelectuales de forma tan profunda e intensa que pudiera decirse que son indistintas: la comunión más auténtica de ambas (escribir/leer) supone el instante creador de literatura, y viceversa.
© Manuel López Rey 
Publicado en INéDITO el 13 de noviembre de 2009
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