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El ilustre amor - 1797
Manuel Mújica Láinez


En el aire fino, mañanero, de abril, avanza oscilando por la Plaza Mayor la pompa fúnebre del quinto Virrey del Río de la Plata. Magdalena la espía hace rato por el entreabierto postigo, aferrándose a la reja de su ventana. Traen al muerto desde la que fue su residencia del Fuerte, para exponerle durante los oficios de la Catedral y del convento de las monjas capuchinas. Dicen que viene muy bien embalsamado, con el hábito de Santiago por mortaja, al cinto el espadín. También dicen que se le ha puesto la cara negra.
.......A Magdalena le late el corazón locamente. De vez en vez se lleva el pañuelo a los labios. Otras, no pudiendo dominarse, abandona su acecho y camina sin razón por el aposento enorme, oscuro. El vestido enlutado y la mantilla de duelo disimulan su figura otoñal de mujer que nunca ha sido hermosa. Pero pronto regresa a la ventana y empuja suavemente el tablero. Poco falta ya. Dentro de unos minutos el séquito pasará frente a su casa.
Magdalena se retuerce las manos. ¿Se animará, se animará a salir?
.......Ya se oyen los latines con claridad. Encabeza la marcha el deán, entre los curas catedralicios y los diáconos cuyo andar se acompasa con el lujo de las dalmáticas. Sigue el Cabildo eclesiástico, en alto las cruces y los pendones de las cofradías. Algunos esclavos se han puesto de hinojos junto a la ventana de Magdalena. Por encima de sus cráneos motudos, desfilan las mazas del Cabildo. Tendrá que ser ahora. Magdalena ahoga un grito, abre la puerta y sale.
.......Afuera, la Plaza inmensa, trémula bajo el tibio sol, está inundada de gente. Nadie quiso perder las ceremonias. El ataúd se balancea como una barca sobre el séquito despacioso. Pasan ahora los miembros del Consulado y los de la Real Audiencia, con el regente de golilla. Pasan el Marqués de Casa Hermosa y el secretario de Su Excelencia y el comandante de Forasteros. Los oficiales se turnan para tomar, como si fueran reliquias, las telas de bayeta que penden de la caja. Los soldados arrastran cuatro cañones viejos. El Virrey va hacia su morada última en la Iglesia de San Juan.
.......Magdalena se suma al cortejo llorando desesperadamente. El sobrino de Su Excelencia se hace a un lado, a pesar del rigor de la etiqueta, y le roza un hombro con la mano perdida entre encajes, para sosegar tanto dolor. Pero Magdalena no calla. Su llanto se mezcla a los latines litúrgicos, cuya música decora el nombre ilustre: "Excmo. Domino Pedro Melo de Portugal et Villena, militaris ordinis Sancti Jacobi..."
......El Marqués de Casa Hermosa vuelve un poco la cabeza altiva en pos de quién gime así. Y el secretario virreinal también, sorprendido. Y los cónsules del Real Consulado. Quienes más se asombran son las cuatro hermanas de Magdalena, las cuatro hermanas jóvenes cuyos maridos desempeñan cargos en el gobierno de la ciudad.
.......-¿Qué tendrá Magdalena?
.......-¿Qué tendrá Magdalena?
.......-¿Cómo habrá venido aquí, ella que nunca deja la casa?
.......Las otras vecinas lo comentan con bisbiseos hipócritas, en el rumor de los largos rosarios.
.......-¿Por qué llorará así Magdalena?
.......A las cuatro hermanas ese llanto y ese duelo las perturban. ¿Qué puede importarle a la mayor, a la enclaustrada, la muerte de don Pedro? ¿Qué pudo acercarla a señorón tan distante, al señor cuyas órdenes recibían sus maridos temblando, como si emanaran del propio Rey? El Marqués de Casa Hermosa suspira y menea la cabeza. Se alisa la blanca peluca y tercia la capa porque la brisa se empieza a enfriar.
.......Ya suenan sus pasos en la Catedral, atisbados por los santos y las vírgenes. Disparan los cañones reumáticos, mientras depositan a don Pedro en el túmulo que diez soldados custodian entre hachones encendidos. Ocupa cada uno su lugar receloso de precedencias. En el altar frontero, levántase la gloria de los salmos. El deán comienza a rezar el oficio.
.......Magdalena se desliza quedamente entre los oidores y los cónsules. Se aproxima al asiento de dosel donde el decano de la Audiencia finge meditaciones profundas. Nadie se atreve a protestar por el atentado contra las jerarquías. ¡Es tan terrible el dolor de esta mujer!
.......El deán, al tornarse con los brazos abiertos como alas, para la primera bendición, la ve y alza una ceja. Tose el Marqués de Casa Hermosa, incómodo. Pero el sobrino del Virrey permanece al lado de la dama cuitada, palmeándola, calmándola.
.......Sólo unos metros escasos la separan del túmulo. Allá arriba, cruzadas las manos sobre el pecho, descansa don Pedro, con sus trofeos, con sus insignias.
.......-¿Qué le acontece a Magdalena?
.......Las cuatro hermanas arden como cuatro hachones.
.......Chisporrotean, celosas.
.......-¿Qué diantre le pasa? ¿Ha extraviado el juicio? ¿O habrá habido algo, algo muy íntimo, entre ella y el Virrey? Pero no, no, es imposible... ¿cuándo?
.......Don Pedro Melo de Portugal y Villena, de la casa de los duques de Braganza, caballero de la Orden de Santiago, gentilhombre de cámara en ejercicio, primer caballerizo de la Reina, virrey, gobernador y capitán general de las Provincias del Río de la Plata, presidente de la Real Audiencia Pretorial de Buenos Aires, duerme su sueño infinito, bajo el escudo que cubre el manto ducal, el blasón con las torres y las quinas de la familia real portuguesa. Indiferente, su negra cara brilla como el ébano, en el oscilar de las antorchas.
.......Magdalena, de rodillas, convulsa, responde a los Dominus vobis cum.
.......Las vecinas se codean:
.......¡Qué escándalo! Ya ni pudor queda en esta tierra... ¡Y qué calladito lo tuvo!
........Pero, simultáneamente, infíltrase en el ánimo de todos esos hombres y de todas esas mujeres, como algo más recio, más sutil que su irritado desdén, un indefinible respeto hacia quien tan cerca estuvo del amo.
.......La procesión ondula hacia el convento de las capuchinas de Santa Clara, del cual fue protector Su Excelencia. Magdalena no logra casi tenerse en pie.
.......La sostiene el sobrino de don Pedro, y el Marqués de Casa Hermosa, malhumorado, le murmura desflecadas frases de consuelo. Las cuatro hermanas jóvenes no osan mirarse.
.......¡Mosca muerta! ¡Mosca muerta! ¡Cómo se habrá reído de ellas, para sus adentros, cuando le hicieron sentir, con mil alusiones agrias, su superioridad de mujeres casadas, fecundas, ante la hembra seca, reseca, vieja a los cuarenta años, sin vida, sin nada, que jamás salía del caserón paterno de la Plaza Mayor! ¿Iría el Virrey allí? ¿Iría ella al Fuerte?
........¿Dónde se encontrarían?
........-¿Qué hacemos? -susurra la segunda.
.......Han descendido el cadáver a su sepulcro, abierto junto a la reja del coro de las monjas. Se fue don Pedro, como un muñeco suntuoso. Era demasiado soberbio para escuchar el zumbido de avispas que revolotea en torno de su magnificencia displicente.
.......Despídese el concurso. El regente de la Audiencia, al pasar ante Magdalena, a quien no conoce, le hace una reverencia grave, sin saber por qué. Las cuatro hermanas la rodean, sofocadas, quebrado el orgullo. También los maridos, que se doblan en la rigidez de las casacas y ojean furtivamente alrededor.
........Regresan a la gran casa vacía. Nadie dice palabra. Entre la belleza insulsa de las otras, destácase la madurez de Magdalena con quemante fulgor. Les parece que no la han observado bien hasta hoy, que sólo hoy la conocen. Y en el fondo, en el secretísimo fondo de su alma, hermanas y cuñados la temen y la admiran. Es como si un pincel de artista hubiera barnizado esa tela deslucida, agrietada, remozándola para siempre.
.......Claro que de estas cosas no se hablará. No hay que hablar de estas cosas. Magdalena atraviesa el zaguán de su casa, erguida, triunfante. Ya no la dejará. Hasta el fin de sus días vivirá encerrada, como un ídolo fascinador, como un objeto raro, precioso, casi legendario, en las salas sombrías, esas salas que abandonó por última vez para seguir el cortejo mortuorio de un Virrey a quien no había visto nunca.

(29 Dec 2005)

© Manuel Mújica Láinez
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La felicidad
Andrés Neuman

Me llamo Marcos. Siempre he querido ser Cristóbal.
.......No me refiero a llamarme Cristóbal. Cristóbal es mi amigo; iba a decir el mejor, pero diré que el único.
.......Gabriela es mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal.
Él es inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo. Domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo diría que Gabriela es su plato predilecto.
.......Algún desprevenido podrá pensar que mi mujer me traiciona: nada más lejos. Siempre he querido ser Cristóbal, pero no vivo cruzado de brazos. Ensayo no ser Marcos. Tomo clases de baile y repaso mis manuales de estudiante. Sé bien que mi mujer me adora. Y es tanta su adoración, tanta, que la pobre se acuesta con él, con el hombre que yo quisiera ser. Entre los fornidos pectorales de Cristóbal, mi Gabriela me aguarda ansiosa con los brazos abiertos.
.......A mí me colma de gozo semejante paciencia. Ojalá mi esmero esté a la altura de sus esperanzas y algún día, pronto, nos llegue el momento. Ese momento de amor inquebrantable que ella tanto ha preparado, engañando a Cristóbal, acostumbrándose a su cuerpo, a su carácter y sus gustos, para estar lo más cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo.

© Páginas de Espuma, Madrid, 2006. Buenos Aires, 2007
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Son extraños los sueños

Yolanda Ríos

Son extraños los sueños. Los que menos me gustan, por inquietantes, son aquellos en los que una persona deja de ser ella para convertirse en otra, y le cambian el rostro, la voz y los ademanes. Yo me intranquilizo porque ignoro ante quién me encuentro en realidad, un amigo pasa a ser un desconocido, un hermano adopta la personalidad de otro, los personajes se emborronan y yo me siento perdida, con una necesidad urgente de despertar para escapar de esa extraña indefinición de los espíritus que pueblan mi sueño.

La otra noche me encontré en un enorme hospital. Te buscaba, pero no sabía cómo podría encontrarte. Todo me resultaba desconocido. Había personas con batas blancas que me miraban con extrañeza, como si no hubiera razón alguna para que yo me encontrara en aquel enorme edificio. Me daba miedo preguntar por ti, me intimidaban las miradas de aquellas personas que parecían doctores por su indumentaria, pero no por sus ojos helados y por sus gestos rígidos e inexpresivos, como de autómata. Pensé que eran médicos sin alma, y de pronto tuve miedo de que tú te hubieras vuelto como ellos, y aumentó mi urgencia de encontrarte para evitar que siguieran aniquilándote el corazón.

Entonces, por esos caprichos propios de los sueños, me encontré avanzando por un pasillo estrecho y oscuro que terminaba en una sala grande y luminosa. Sobre una mesa blanca pude ver varios objetos, que enseguida identifiqué como tuyos, y oí un sollozo apagado, como el de alguien que intenta esconder su llanto. Supe que eras tú y te llamé por tu nombre, pero ese nombre no era el tuyo, sino el mío, y quizá ya era tu boca la que lo pronunciaba. Avanzaste hacia mí (o quizá era yo quien avanzaba hacia ti) con los ojos llenos de lágrimas, mi estómago se encogió con la misma desazón que te invadía a ti, y nuestras mentes se confundieron o acaso se sustituyeron, haciéndome comprender que ahora era yo —aunque ignorara quién era yo— la que debía vestir tu bata blanca para tratar de aliviarte. Intenté hacerlo con todas mis fuerzas, pero aunque yo era tú, no fue posible. En los sueños las almas no se intercambian.

© Yolanda Ríos, 2001volverarriba




El atraco

Manuel López Rey

¿Lo has entendido?
.......Sí.
.......Cómo dices.
.......Que sí, joder, que lo he entendido.
.......Qué te pasa.
.......Nada.
.......Cómo que nada ¿Por qué no me miras?
.......Estoy nerviosa, y asustada.
.......Yo también estoy nervioso, ¿y qué? No puedes estar asustada, tienes que estar segura, ¿lo entiendes? Segura, muy segura, si no la vamos a joder.
.......¿Qué dices?
.......Nada.
.......Cómo que nada. A ver, ¿lo tienes claro?
.......Que sí, coño, que sí, que lo tengo claro.
.......A ver...
.......Aparcamos en la esquina, justo al final de la acera, para que no pueda estacionar ningún coche delante. Entro en la joyería. Sola. Tranquila. Sí, ya sé, muy tranquila y sonriente, muy segura. Poso la maleta. Buenos días. Buenos días. Verá, quisiera llevarle un regalo a mi madre, unas perlas, zafiros..., no sé, algo apropiado para una señora de su edad, ella sale poco, ¿sabe?, algo bueno pero discreto. Con perlas tenemos trabajos preciosos, ¿quiere verlos? Por favor. ¿Ha pensado en cuánto quiere gastarse? Pues no, la verdad, enséñeme algo y ya veremos. Saco del bolso el espejito, me retoco el maquillaje, ausente, segura. Sí, ya sé, muy segura, no me lo repitas por favor.
.......Entras tú. Buenos días. No reacciono, sigo mirándome en el espejito. Buenos días caballero, enseguida estamos con usted. No te miro, guardo el espejo en el bolso. Paseas observando las joyas expuestas. El joyero se dirige al fondo para avisar al otro empleado. Sacas la media del bolsillo de la americana, te cubres la cabeza con ella para impresionar y me sujetas por detrás con el filo de la navaja en mi cuello. Agarro tus manos para defenderme y hago explotar la primera bolsa de sangre. Corre por mi cuello. Bajo las manos hasta el primer botón de la blusa y explota la segunda bolsa, estoy empapándome en sangre. No grito, casi susurro: No, por favor, no me mate. Miro directamente a los ojos del joyero. Le suplico ¡Por favor, por favor, que no me haga daño! Sin soltarme, coges la maleta que está a mi lado, la colocas sobre el mostrador, la abres, sacas todo de su interior esparciéndolo por el suelo. Observo asustada, dolida por mis cosas tiradas por ahí. Impresionamos al joyero. Le ordenas que no se mueva ¡O la mato aquí mismo! El otro empleado debe hacer lo que dices. Recogerá todas las joyas de los expositores y las colocará en la maleta vacía. Lo miraré todo con los ojos desorbitados, asustada. De vez en cuando al joyero, con súplicas. ¡Que no me haga daño! ¡Por favor, que no me haga daño! Coloco una mano en el pecho para que la sangre la cubra, respiro apresuradamente para aturdirlo, y lo miro fijamente a los ojos. No se moverá.
.......Me arrastras hacia la puerta del fondo. ¡Las llaves, vamos las llaves! Entren ahí. ¡Vamos, deprisa! Los encierras en la trastienda, los dejas amordazados y tirados en el suelo. Coges la maleta mientras me cubro con el chal el cuerpo lleno de sangre. Salimos rápidamente pero sin correr y huimos en el coche. Lo habíamos dejado abierto y con las llaves en el contacto.

Se fue animando mientras repasaba el plan en voz alta. Y vistiéndose. Él se dio cuenta de que estaba preciosa. Tenía clase. Como a él le gustaba. Una chica valiente y con clase. Se lo había oído decir a su madre, Una mujer no vale nada si no tiene lo que hay que tener, si no está dispuesta a todo por ti, pero sin perder el orgullo de ser mujer. Y ahora era más mujer que nunca, con el pecho sofocado bajo la blusa de seda blanca, retenido en el encaje inmaculado del sujetador. Él no pudo evitar abrazarla y lo hizo desde atrás rodeándole con un brazo la cintura. Luego bajó la mano hasta los muslos sin perder la piel apartando los pantys transparentes. Ella no dijo nada. Siguió respirando profundamente como si la meciera el fuerte vaivén de su pecho encorsetado. La deseó tanto que creyó que iba a derramarse entre sus muslos. Se abrazaron hasta el suelo y la poseyó con locura, como cuando era un chiquillo y temblaba entre las piernas de la Dori. Le hizo el amor con urgencia, trastornado, electrizado por bocanadas de placer que lo ahogaban, sin reconocerse.

Ahora se vistieron deprisa, como intentando guardar bajo la ropa aquel olor de sus cuerpos. Ella cogió la maleta y se retocó ante el espejo, él guardó el revólver a la espalda sujeto por el cinto, junto a los riñones, y salieron.

Casi no oyeron las sirenas con el ruido del motor. El coche rugía como si fuera a reventar. No les dio tiempo de hablarse y ya estaban paralizados por el miedo. Les seguían de cerca un par de coches, luego se fueron uniendo otros de la policía local. No sabían hacia dónde huir. Él sólo pisaba el acelerador a fondo y se agarraba con todas sus fuerzas al volante. Un decorado desconocido y cambiante se deslizaba ante el parabrisas a tal velocidad que ella creyó que iba a vomitar. No pudo esquivar el quiosco. Ocupaba el borde de la acera en la curva. El cuerpo de ella rebotó contra el salpicadero y volvió a acomodarse en el asiento, como una pluma ensangrentada. ¡El cinto! ¡Ponte el cinto y agárrate fuerte! Ella le hizo caso y abrochó el cinto con un movimiento automático, mientras el sonido de las sirenas y de los neumáticos de los coches aturdía su mente. El coche alcanzó la autopista y él creyó de repente que el mundo se abría ante ellos y que iba a parar de sudar, pero los otros coches estaban cada vez más cerca y los gritos anaranjados de las sirenas lo transportaron a un espacio sin control, donde no existía nada conocido, y nada hizo cuando el coche voló desde el puente. Todo se detuvo en un instante, solo rubíes, brillantes y perlas rodaron un tiempo por el suelo. Vio la cabeza de ella descolgada sobre el pecho, rota, y cómo una corriente de sangre inundaba su cintura y bañaba sus muslos descolocados. Una sangre cierta se mezclaba ahora con la otra fría de las bolsitas de efectos especiales que guardaba bajo el encaje del sujetador. La miró a los ojos y supo entonces de la ausencia que no podría soportar. Cogió el revólver que se le pegaba a la espalda y antes de que le alcanzaran las miradas de los hombres armados que le apuntaban parapetados alrededor, disparó. Lo último que sintió fue algo parecido a una oleada de calor, a pesar del frío del acero del cañón de su revólver en el cielo de la boca.

© Manuel López Rey, 2001 volverarriba
© Mil Libros Narrativa, Madrid, 2009

 





A la tumba de Caxilde le da el sol
Malena Teigeiro


La casa de Caxilde está construida encima de una roca que entra en el mar. Algas amarillas y marrones viven en las paredes de piedra; el tejado es de lajas de pizarra y desde las ventanas, pintadas de azul, se ve una aldea marinera que recoge un puerto pequeño y una iglesia con el camposanto. A Caxilde le gusta creer que su casa es un barco que navega hasta el cielo y que desde allí puede ver el cementerio, entonces se imagina el día del Juicio Final. Cuando me mande levantar el Señor, podré ver a los que se ahogaron en el mar. Serán tantos.
.......Después de las tormentas la mujer suele bajar a la playa; la marea siempre escupe cosas que le pueden servir. Ese día los pies de su cuerpo abotijado llevan puestos unos zuecos de cuero de vaca y suela de madera. El viento la empuja y se tambalea. Quizá es demasiado temprano o quizá voy siendo demasiado vieja, piensa. De pronto sus zuecos resbalan en la húmeda superficie de las piedras y rueda hasta caer al mar.
.......Caxilde, que no sabe nadar, se hunde en el agua con los ojos bien abiertos y después sube hasta que su cuerpo se queda flotando igual que un corcho. Al principio no se mueve y casi no respira. Después, cree que ha llegado al fin de sus días y empieza a rezar a San Deogracias, Patrón de la aldea, a quien todos le deben favores. Entre rezo y rezo, le pregunta al Santo que de qué favor le ha de dar las gracias; no recuerda ninguno y eso que se ha pasado media vida pidiéndole ayuda. Le dice que si de verdad es tan milagrero, ya es hora de que se fije en ella porque se está ahogando y no le gusta desaparecer en el agua. Quiero ser enterrada en el cementerio, en una tumba a la que le dé el sol y se pueda ver bien la playa. No ves Santiño que si me quedo a dormir ahí será más fácil verlos y que me encuentren. No ves que así me acompañará mi madre. Y Caxilde, intentando convencer al Santo, comienza a relatarle su vida. Mi padre y mi hermano se fueron un día a la sardina y no volvieron. Después de mucho buscarles, sólo encontraron la barca, pero la encontraron vacía y rota por los golpes de las olas.
.......Siente como las corrientes unas veces la giran, otras la arrastran lejos. En una de las vueltas la costa se pone delante de ella. Ve su casa, ve la playa y la aldea que abraza al cementerio. Suspira profundo y al hacerlo, se hunde. Se asusta. Alguien le grita: Sopla fuerte. Vamos, Caxilde, sopla fuerte. Sopla y sube a la superficie, pero no ve a nadie.
.......Se fue el sol y la luz. Ya no ve la casa, ni la aldea, ni tan siquiera la costa. Caxilde sigue flotando de aquí para allá. Empieza a salir la luna y el cielo se llena de estrellas, y así, en la calma, ve que son las mismas estrellas azules y verdes de las noches en las que fue amada en la playa. De aquel amor tampoco tiene que darle gracias al Santo. Al igual que a su padre y a su hermano a él también se lo llevó una ola. Recuerda las noches de luna en las que bajaba a la playa llamándolo con una canción, arrullando su ausencia: Ven que está la noche clara y no sé si es por las estrellas o por los luceros de tu cara. Se la cantaba una y más veces hasta que él aparecía al borde del agua vestido de espuma para amarla entre las caricias de las olas. Después, lágrimas sin llanto le salían de los ojos, grandes, redondas, tantas que los ojos de hinchados se le cerraban.
.......El mar se agita conmovido y mientras la mujer flota, en la aldea una joven friega los cacharros de la cena en la pila que está debajo de la ventana. La joven no deja de mirar a la casa de la roca. Nunca antes había visto apagada la luz de la casa del faro. Piensa. Es muy raro y quizá habría que ir hasta allí. Con la mirada recorre la noche y el camino que pasa pegado a los muros del cementerio; a esas horas buscan compañeros los muertos. Gira tres veces sobre sí misma mientras reza un Ave María. Mañana, nada maslevantarme, miraré que esté la casa abierta. Si no, avisaré y vamos.
.......Empieza a amanecer y Caxilde cada vez mas lejos, ya no ve la barca, ni la casa, ni las luces de la aldea. Le duelen los brazos y las rodillas. Se hunde, pero esta vez no llega al fondo; unas manos la empujan y la suben.Caxilde, Caxilde, despierta. Son las voces de su padre y de su hermano y de su marido. Mira alrededor, pero no los ve o sí: son aquellos que están sentados allá, al final del camino de plata. La niebla y el amanecer los borra poquito a poco.
.......Ya no nota las piernas ni las manos. El sol al salir le da en la cara, entorna los ojos y le entra sueño. Quién sabe, si me duermo a lo mejor despierto recorriendo las nubes. De pronto el agua se encrespa, la arrastra y vuelve boca abajo. Reza al Santo y le dice que si ha de morir ahogada, le pide por favor que las olas la devuelvan a la playa, como hizo con la barca de su padre, porque ella no quiere ser comida por un pez. Cierra la boca, se angustia, reza. Intenta flotar y no puede. Al fin deja de luchar. Si ha que ser que sea, pero me hubiera gustado más irme en brazos de mi ángel de alas blancas. Siente que la besan, que esos besos la acarician y le tapan boca. Cuidado Caxilde. Déjate llevar. Vuelve a oír las voces. Una de esas veces le parece ver la iglesia, el cementerio y el pequeño cabo con su casa. Se imagina sentada a la puerta mirando la tumba que ya no ocupará. Ve el sol a través del agua y después ya no se mueve. Debo de estar muerta y esto tiene que ser el más allá. Dice mientras se sienta. Nota el aire en la cara y la arena fina en la palma de las manos. El mar está tranquilo, plano y brillante. Se levanta y cruza la aldea camino de la iglesia; va descalza y vestida con algas. Los vecinos que la buscan, al verla pasar se persignan y, luego, la siguen sin saber si es ánima, mujer o sirena.


© Malena Teigeiro
© Apenas unos minutos: antología de nuevos narradores, Madrid 2007

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A la tumba de Caxilde le da el sol
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